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¿POR QUË SE ESCRIBE?
Remanida y hasta inútil pregunta que no encuentra (tal vez porquue no la tiene) una respuesta. Pregunta habitual que se le hace, justamente, a quienes escriben, presumiblemente porque sos sospechosos de acarrear con alguna insólita chifladura, excentricidad o anormalidad que azuza la intriga de mucha gente.
No creo que exista escritor que, al menos una vez en su vida, no haya sido acorralado con esa maldita pregunta. Lo fueron en su momento Breton, Louis y su grupo, conductores de "Littérature", que se reunían todos los días en el café "Le petit grillon" sin que los parroquianos pudieran quitarles los ojos de encima. hasta que un día se produjo la catástrofe y un parroquiano formuló la pregunta invenitable.
¿Qué puede responderse? Una buena parte opta por decir simplemente: "No sé". Otros caen en el lazo y se enredan en explicaciones engorrosas y justificaciones inútiles que no llegan a ninguna parte. Llegado a este punto, es interesante la reflexión de Dürrenmatt: "Es como preguntarle a un pez por qué nada" o la de Cendrars: "Escribo porque. ¿Está claro?".
Uno escribe porque escribe, porque se nació para eso como se nace alto, moreno o flaco. El acto de escribir proviene de la naturaleza intrínseca del escritor y sería como pregunarse por qué Maradona es Maradona. Y no sería vano tampoco remitirse a las palabras de Stephen Vizinczy: "Escribimos para complacernos a nosotros mismos (pero conste que somos difíciles de complacer).
En definitiva, parece que escribimos para actar las órdenes de un destino inexorable o, traducido a un lenguaje más modernamente científico, escribimos para coincidir con nuestra programación genética. Por ello creo que el escritor, el verdadero escritor, siempre deja obra inconclusa puesto que nunca acaba de escribir. No hay momento de término, de cierre, momento en el cual se pueda decir: "He aquí mis Obras Completas. Ya he escrito todo lo que tenía que escribir". El verdadero escritor escribe toda su vida porque el acto de escribir es, más o menos, para él, como el acto fisiológico de respirar, o sea, función de vida.
Ahora, publicar es otra cosa, otro tema. Ahí se va en busca del lector, se va en busca de alguien con quien compartir eso propio, alguien en quien delegar los descubrimientos. Y aquí cuadraría perfectamente el pensamiento de Nietzsche al respecto: "Un verdadero escritor da la palabra a la pasión y a la experiencia de otro". Esto es, dar la palabra a otro para que sus experiencias no queden sepultadas en el olvido ni sus pasiones obligadas al silencio y en este sentido cabría plantearse algunas diferencias. Está aquel autor que quiere publicar para satisfacer su ego, para "estar en vidriera", para encumbrarse social y culturalmente. se trata del egoísta, del narcisista, del ambicioso de poder. Pero también está el humilde y generoso, el que desea publicar solamente para entregar su palabra a otro.
Esto nos plantea el asunto del anonimato y del maravilloso respeto y admiración que me producen los anónimos geniales que tanto deseo han despertado en mí en cuanto a la posibilidad de estar siendo anónimo. Y me pregunto: ¿Qué ha hecho Homero cuando construyó "La Ilíada"?. ¿Encumbrar su nombre o gestarla para gloria de Héctor y Aquiles?.
Pero es bien cierto que nadie es tan aséptica ni químicamente puro y que a cualquiera de nosotros le gustaría, ¡cómo no! el saber, como lo supo Cervantes o Lope o Hernández que su obra corrió de mano en mano como un río que, por su propio y enorme caudal, ha desbordado. O sin duda, cuando Longfellow escuchó en la calle a unos chicos que cantaban el texto de un poema suyo al que le habían injertado una melodía popular infantil y supo, con asombro, que ninguno de los niños sabía quién era el autor de la letra, lo envidiaríamos. En ese instante era un poeta anónimo que había alcanzado el pináculo de la gloria.
Pero a la hora de publicar, el autor se enfrenta con el clima fenicio de los mercados económicos y con esa raza de lectores que van tanto tras el ocio improductivo como tras las consejas de la autoayuda. Aun así, el verdadero escritor no renuncia a su libertad de escribir y de publicar (si es que puede) aquello que lo satisfaga, aquello que lo ponga en paz consigo mismo, con su propio juicio crítico y con su conciencia moral. Generosos, humildes, pero insobornables y ni siquiera el fantasma del hambre o la penuria de la soledad pueden hacerlo ceder a las tentaciones bastardas.
William Williams sabía decir que en los poemas no hay noticias del día, pero todos los días muere un hombre miserablemente por carecer de aquello que sólo se encuentra en los poemas. La sociedad en la que vivimos, sonreirá ante estas palabras porque para ella sólo se vive y se muere miserablemente cuando no se dispone de dinero contante y sonante.
"Escribimos porque." Pero publicamos para que nos lean y no importa que ignoremos el rostro y el nombre del lector, no importa que para el lector uno se llame Longfellow o resulte anónimo, ewl tema es que se publica para encontrarse con el lector en una especie de virtualidad, encontarse para entregarse, para darse, encontrarse, simplemente, por amor.
Me pregunto si en este momento en el que vivimos, no se está dando una "especie" de poetas que, muy lejos de la generosidad del brindar y de la humildad de acercarse desde el casi anonimato, levantan entre ellos y el lector un muro, levantan en el camino de la lectura una enorme pared de obstáculos arbitrarios como único recurso para instaurarse como "originales". Me refiero al lenguaje, al lenguaje escrito totalmente desvinculado con el lenguaje común que muchas veces utilizan los impostores, los fraudulentos que ocultan, tras las tinieblas de la palabra, una usurpación del oficio de poeta. Narcisistas, autistas y exhibicionista que no publican más que para monologar en un idioma que tiene la pretensión de expresar mucho pero que no dice nada. Y todo ello nada tiene que ver con acudir a facilismos ni a pobreza de vocabulario, sino por el contrario a un enriquecimiento que proviene de la comprensión de términos, tal vez poco habituales, que una estructura clara y diáfana, permite.
El verdadero poeta se baña en las aguas de la realidad íntima o externa, por turbias y tormentosas que esas aguas sean. Son espías, testigos, jueces y fiscales de su propio mundo interior y del contexto que los rodea y tanta es esa vocación innata de introspección, de búsqueda perpetua e individual, que abominan de los guetos, las logias, los clubes, los círculos y las pandillas de snobs y de arribistas. No tienen la arrogancia de creerse potentados de la cultura (pues saben que lo que saben es ínfimo en relación a lo que existe por saber, de por sí, inalcanzable), no se creen parte de una casta sagrada, no se enrolan en las filas de los teóricos de la literatura ni coquetean con críticos ni trampean a camaradas en su afán de encumbramiento desesperado y menos que menos tienen el exacerbado afán de originalidad como para que un verso medianamente inteligible les suene a perogrullada. Y esto viene a cuento luego de releer, en estos últimos días, magníficos poemas del siglo XIX y comienzos del XX en los que todo fluye nítido y transparente pero con tal maestría poética que uno no puede menos que sentir que un nudo se le queda en la garganta y el llanto se hace difícil de contener.
Todo ello no quiere decir que el verdadero poeta ignore que la poesía es un bien del que el lector no se apoderará así como así sin un arduo aprendizaje y sin la llama de pasión necesaria que lo lleve a encontrarse con el texto. Para los perezosos, los indiferentes, los insensibles, los facilistas está la bazofia, pero no la poesía y no se podrá otra cosa que compadecerlos.
Con todo, la brecha entre el lenguaje del poeta y el de la mayoría de los lectores, se hace cada vez mayor y se me ocurre que, en particular, la causa es la pauperización constante y paulatina del lenguaje. ¿Se pauperiza el lenguaje porque no se lee o se lee muy poco o se lee bazofia? ¿O es a la inversa?. Lo cierto es que la poesía (y la buena poesía, en especial) va perdiendo lectores (que desde siempre no han sido muchos) y los poetas solemos buscar a los responsables en cualquier parte salvo en nosotros mismos. Habrá que pensar si no es que ponemos a la entrada misma de nuestra obra una esfinge que sólo le franmquea la entrada a los "eruditos" que pueden dar cuenta de los enigmas., y entonces, ¿tiene algún alcance singular el alfabetismo? ¿Ha de servir solamente para leer los diarios o las revistas de actualidad?.
No es fácil encontrar el delicado equilibrio entre el derecho y la libertad del "yo" que escribe y el deber y el compromiso del "yo" que publica y no es admisible que ninguno de los dos resulte asesinado
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